Viros qui proccederent eum
Hablemos sobre los "monos voladores": el término "monos voladores" (del inglés flying monkeys) se refiere a las personas que los individuos perpetradores o/y perpretradoras manipulan para que, consciente o inconscientemente, le hagan el "trabajo sucio". Estas personas actúan como sus secuaces o facilitadores, son un "brazo extendido" del perpetrador, transmitiendo mensajes o "espiando" a la víctima sin tener en cuenta el contexto de abuso dentro de un sistema velado y perfectamente organizado cuya razón social es el odio;
A lo largo de la historia en el cine, la literatura o la criminología se repite una idea inquietante: los monstruos no siempre nacen, muchas veces se construyen. Detrás de cada figura temida –desde Frankenstein hasta los antagonistas más realistas– aparece una misma pregunta: ¿qué parte de su existencia pertenece al individuo y cuál a la sociedad que lo rodea?
La ficción lo muestra con claridad simbólica, y la criminología lo discute con datos: la violencia extrema suele surgir en entornos que fallan, en vínculos rotos, en comunidades que expulsan en lugar de integrar. El monstruo, entonces, se convierte en un espejo: una criatura que revela los errores del mundo que lo creó utilizando como vehículo para ello a estos "monos voladores".
En el corazón del cine, la literatura y la criminología late la misma sospecha: los monstruos no aparecen de la nada; se incuban. Antes de que la criatura levante la mirada, ya existe un contexto que la ha moldeado. Entre sombras nocturnas o en barrios olvidados, la sociedad cumple el papel de un laboratorio moral: selecciona, presiona, rechaza, castiga… y a veces fabrica aquello que después se horroriza al contemplar.
En la ficción, esta idea toma forma muy pronto. Frankenstein no es una historia sobre una criatura malvada, sino sobre un creador irresponsable y una sociedad incapaz de tolerar lo que no comprende. En Joker, el enemigo no es el payaso asesino, sino la red de abandono que lo empuja fuera de la dignidad. En Blade Runner, los replicantes se vuelven violentos solo después de experimentar la injusticia del mundo. Siempre hay una grieta inicial: rechazo, soledad, humillación, negligencia.
La literatura psicológica profundiza en esta frontera: el monstruo suele ser una respuesta, no un origen. El villano trágico, desde Dostoievski hasta Camus, no surge como esencia pura, sino como producto del choque entre vulnerabilidad y entorno.
La criminología, desde otro ángulo, llega a conclusiones parecidas:
• los comportamientos extremos suelen crecer en contextos donde faltan vínculos, recursos o reconocimiento;
• los victimarios han sido, con frecuencia, víctimas;
• los entornos de aislamiento emocional, abuso o marginación pueden deformar la identidad hasta convertirla en amenaza.
Esto no significa justificar, sino comprender la cadena de causas. La responsabilidad individual existe, pero no flota en el vacío: siempre está incrustada en una red de factores sociales que también tienen peso. Cada monstruo, real o ficticio, es un recordatorio de que una comunidad de "monos voladores" puede gestar aquello que luego teme.
Al final, hablar de monstruos es hablar de nosotros. No de seres ajenos, sino de los fallos que dejamos crecer en la periferia de nuestra conciencia. Monstruos como advertencias, como ecos, como hijos no deseados de un mundo que a veces prefiere mirar hacia otro lado