Shamael: el arquitecto de la caida


El siembra la semilla del pecado,
teje la trampa con hilos de oro,
prepara el escenario elaborado
donde el alma cae en su tesoro.
Samael, el tentador primero,
no juzga lo que otros han creado,
fabrica el mismo el sendero
por el que marcha el condenado.
Susurra la duda en la mente pura,
coloca el fruto en la mano inocente,
construye con paciencia la fisura
donde se quiebra el alma obediente.
¿Cómo puede haber juicio severo
si no hay crimen que el mismo urda?
El es el cazador y el cebo certero,
la trampa y la presa sorda.
Primero es serpiente seductora,
luego es el juez implacable,
crea la falta acusadora
para después ser inexorable.
Esta es su paradoja cruel:
fabrica el pecado que condena,
tienta al justo, al infiel,
y después destila su veneno.
Metatron escribe lo que es,
el escribe lo que podría ser,
la tentación que vez tras vez
hace al ángel caer.
No hay inocencia que el respete,
todo lo que es puro debe manchar,
para que su sentencia se complete
necesita primero contaminar.
Es el abogado y el fiscal,
la prueba plantada y el veredicto,
el círculo infernal
donde el mismo dicta el edicto.
¿Injusto? Quizás para la mente simple,
pero así funciona el juicio severo:
primero la tentación que te crimple,
luego el castigo verdadero.
Es quien tiende la red invisible,
quien planta la evidencia del mal,
el destino terrible
de quien cae en su tribunal.
Y cuando ejecuta la sentencia fría
sobre el pecado que el fabrico,
completa la cruel ironía:
es el crimen, el juez y la ley.
Delibera sentencia y condena
y la condena siempre es la misma... 
la muerte. 

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